Madurar continuamente
El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer, a madurar, a dar fruto. No puede dejar de responder; no puede dejar de asumir su personal responsabilidad (Cf. Jn. 15, 6). Es en este diálogo entre Dios que llama y la persona interpelada en su responsabilidad que se sitúa la posibilidad (es más, la necesidad) de una formación integral y permanente de los fieles laicos. La formación cristiana es un continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre, con la guía del Espíritu Santo.2
|
Descubrir y vivir la propia vocación y misión 3
El objetivo de la formación es “el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión”. Ésta vocación y misión personal define la dignidad y la responsabilidad de toda la obra formativa, ordenada al reconocimiento gozoso y agradecido de tal dignidad y al desempeño fiel y generoso de tal responsabilidad.
Y para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz. Dios dará la fuerza para el cumplimiento de la misión, pero también con la libre y responsable colaboración de cada uno de nosotros.
El itinerario formativo del seguidor de Jesús hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y de la invitación personal de Jesucristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz… El seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena.4
Así que, la tarea maravillosa y esforzada que espera a todos los fieles laicos, a todos los cristianos, sin pausa alguna es conocer cada vez más las riquezas de la fe y del Bautismo y vivirlas en creciente plenitud.
|